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La meditación es un tiempo que se pasa a solas, inmerso en Dios y en su Palabra. Es dar vueltas a las cosas en nuestra mente, tratando de comprender y aplicar las verdades de Dios. Pero, ¿cómo puede usted comenzar esta importante práctica? Al leer la Biblia, enfóquese en los siguientes aspectos de Dios:

Su Persona: Busque las descripciones en cuanto al Señor, y piense en cómo pueden sus atributos ayudarle a entender quién es Él. La meditación implica, también, recordar las verdades que ha aprendido (Salmo 63.6). El Espíritu Santo le ayudará a logralo. Su tarea es recordarle todo lo que le ha enseñado (Juan 14.26) y guiarle en toda verdad (Juan 16.13).

Sus obras: Enfóquese en las acciones de Dios en un pasaje (Salmo 77.12). ¿Cómo muestran sus acciones su poder, sabiduría, justicia, santidad, amor, gracia y compasión? Piense en sus maravillas (Salmo 145.5). ¿Cómo afectan las acciones de Dios su fe, sus temores y sus esperanzas? Pidale a Dios que le ayude a entender todo lo que sea necesario.

Sus ordenanzas. Al igual que Josué, preste mucha atención a los mandamientos de Dios, y piense en qué requiere Él de usted (Salmo 119.15). ¿Qué le exige en cuanto a sus pensamientos, palabras, interacción con otros, costumbres personales y opciones? ¿Cómo le protegen sus mandamientos?

La Palabra de Dios abunda en ejemplos de los beneficios de la meditación de la Palabra del Señor, como los vemos en el Salmo 1:1-3 o mandatos como en Josué 1:8. De su lectura y consideración puedo inferir que la meditación es el proceso mental por medio del cual interiorizamos la Palabra de Dios (memorización) y su enseñanza y mensaje intrínseco (asimilación), los cuales limpian, sanan, reemplazan y corrigen nuestros pensamientos. Puedo ver que la meditación de la Palabra de Dios es un componente clave del proceso de renovación de la mente enseñado en Romanos 12:2 y Efesios 4:22-24. Esto es clave porque venimos a Cristo con patrones de pensamiento pecaminosos adquiridos en este mundo de maldad y necesitamos “lavar” y “limpiar” nuestra mente, reemplazando esos pensamientos con la Palabra de Dios que obra en nosotros los creyentes. En ese sentido pues, nuestra mente juega un papel importante en una vida renovada y plena en la comunión con Dios. No hablamos de esa falsa enseñanza de “confesión positiva” o de “visualízalo en tu mente“, sino del proceso bíblico de aprender, considerar, pensar y cambiar nuestros pensamientos; para lo cual la meditación es parte fundamental.

Así como necesitamos entregar nuestros cuerpos en sacrificio vivo para ofrecer una correcta adoración de gratitud a Dios, también debemos conquistar nuestra mente (2 Corintios 10:4-5) para que nuestras actitudes, comportamientos y decisiones – que emanan de lo que pensamos, es decir de nuestra mente – sean agradables a Dios. Entonces, la meditación es clave para dirigir mis pensamientos hacia Dios y su Palabra, hacia su santidad, su grandeza y poder. Debido a esto, la oración de gratitud, las palabras de alabanza fluyen de manera natural ante la grandeza de la revelación de Dios por medio de considerar atentamente su verdad. No hablamos de una mera memorización o repetición de versos bíblicos per se, sino de que todo el sistema de disciplinas espirituales, por lo menos las básicas como oración, alabanza, tener tiempos de retiro, congregar y servir al Señor, fluyen y emanan de una mente sana, ordenada y bíblica, que constantemente está dirigiendo sus miradas al Trono Sublime y majestuoso al que nos acercamos con confianza para obtener gracia, ayuda y socorro en tiempo de necesidad.

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